Por qué no llega el avivamiento

Leonard Ravenhill experimentó la conversión a la edad de 15 años y fue estudiante de la historia de la Iglesia, mostrando especial interés en los avivamientos y la oración, la cual describe como vestida de sinceridad y humildad, dependiente solo de la espiritualidad, que afecta a Dios, a la eternidad y que mata el exhibicionismo. La oración es tan vasta como Dios porque Él está detrás de ella y es tan poderosa como Él porque se ha comprometido a contestarla.

En su libro, considerado una obra clásica de la vida cristiana, crítica duramente a los ministros, poseedores de títulos y de un gran intelecto, pero que no están consagrados a la oración, y que por lo tanto, no tienen unción. La predicación sin unción mata en lugar de dar vida. Es una tarea espiritual, por lo que necesitamos la mitad de intelectualidad y el doble de espiritualidad. Citando textualmente sus palabras:

Un ministro que no dedica dos horas diarias a la oración no vale un centavo, tenga títulos o no los tenga.
Ningún hombre es más grande que su vida de oración.

El éxito en la vida cristiana consiste en una vida apasionada y con visión (de esto habla Piper en su libro ‘No desperdicies tu vida‘), que viene y se sustenta por la oración. De modo que para ser mucho para Dios, tenemos que estar mucho con Él. El secreto está en la oración en secreto.

Las oraciones más poderosas descritas en la Biblia no fueron necesariamente las expresadas con palabras. Una de las más profundas oraciones intercesoras en el Antiguo Testamento fue esta: “Se movían sus labios y su voz no se oía” (1 Samuel 1:13)

Leonard quiere hacer consciente al lector de la necesidad de conocer la historia de la Iglesia y el cristianismo neotestamentario. Al final de cada capítulo, se citan a autores bíblicos y extra bíblicos, conocidos o anónimos, como es el caso de esta cita anónima: “Mi necesidad y tu plenitud se encuentran y tengo todo de ti.”

Hay declaraciones en el libro que merecen ser compartidas, tales como

El que teme a Dios, no teme a ningún hombre. El que se arrodilla ante Dios, permanecerá de pie en cualquier situación. Una mirada diaria al Santo nos hallaría subyugados por su omnipresencia, sobrecogidos por su omnipotencia y reverentes ante Su santidad. Su santidad llegaría a ser nuestra santidad.

Nos reta a orar como el profeta Isaías (6:1-9) y a tener su visión: hacia arriba veremos al Señor en toda su santidad; cuando miremos hacia adentro, nos veremos a nosotros mismos y veremos nuestra necesidad de limpieza y de poder; cuando miremos hacia fuera, veremos un mundo que perece y que necesita a un Salvador.

Dios busca hombres de oración como Elías, que oyó una voz, tuvo una visión, experimentó un poder, enfrentó un enemigo, y con Dios a su lado, obtuvo una victoria. La que nosotros querríamos obtener pero sin pasar por exilios, lagrimas, agonías y gemidos del alma. El culto idolátrico, como esas oraciones a Maria que eclipsan el calvario, ¿nos conmueve a la intercesión, lagrimas y celo santo? Elías oró para que la gloria de Dios y Su poder se revelasen, oró con osadía: “Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos.” (1 Reyes 18:37) Y Dios respondió. El problema para Dios hoy, según Ravenhill, es el fundamentalismo evangélico muerto.

¿Nos pide Dios cosas imposibles? Este hermano responde:

Una y otra vez Dios pide a los hombres hacer no lo que pueden sino lo que no pueden, para demostrar que no es ningún malabarismo humano el que lo hace, sino que cuando ellos enlazan su impotencia a la omnipotencia de Dios, la palabra ‘imposible’ es eliminada de sus vocabularios. El mundo no espera una nueva definición del Evangelio sino una nueva definición del poder del Evangelio.

Mostrando una y otra vez, a medida que leemos su libro, la necesidad imperiosa de orar, pero orar con fe, sin dudar y obedecer a Dios con una precisión exacta, sin importar cuan humillante sea el proceso, porque los hombres de corazón quebrantado y que con almas doloridas lloran el pecado son benditos.

Es tiempo de avergonzarnos de no tener vergüenza, tiempo de llorar por nuestra falta de lágrimas, tiempo de inclinarnos porque hemos perdido la humildad de siervos, tiempos de gemir porque no tenemos carga, tiempo de enojarnos con nosotros mismos porque no nos encolerizamos por el monopolio del diablo en esta hora final, tiempo de afligirnos porque el mundo se lleve tan bien con nosotros que no necesitemos afligirnos.

Es imposible leer a este hombre y no ser confrontado continuamente. Es imposible no doblar nuestras rodillas y orar si nos tomamos en serio sus exhortaciones. Lo necesitamos. Necesitamos comprender que la Biblia no está para ser explicada sino para ser creída y obedecida, para conocer al Dios revelado en ella y creer, no que Dios pueda hacer algo, sino que Él efectivamente lo hará. En esto consiste la fe, desde el punto de vista del autor.

Aunque este libro no sólo nos confronta y nos da más de un tirón de orejas sino que también nos reta a ser hombres de Dios que proclamen Su Palabra con el poder de lo alto, para que el Espíritu de Dios avive a este mundo que desfallece. ¡Se buscan profetas de Dios!

Para responder a la pregunta: ¿Por qué tarda el avivamiento? Ravenhill cita a David Breinerd: “El avivamiento demora porque la oración decae. Los más preciosos vestidos del alma son tejidos en el telar de la oración y teñidos en los dolores que completan los sufrimientos de Cristo”. La Iglesia que es nacida de lo alto tiene a la oración como el sincero deseo de su alma, vive, se mueve y tiene su razón de ser en la oración, la cual es su arma secreta.

Cito al mismo Leonard Ravenhill una vez más y si esto no nos despierta de nuestra depravada indiferencia hacía un mundo que perece, creo que nada lo hará.

¿Podría un marinero permanecer sentado mientras oye el grito de quien se ahoga? ¿Podría un médico acomodarse en su silla y dejar morir a su paciente? ¿Podría un bombero ignorar el clamor de quien abrasan las llamas? ¿Puede Sión estar dormida frente a un mundo condenado?

Para que el mundo despierte, debe hacerlo la Iglesia primero, que su corazón arda, que sus labios proclamen y que sus ojos lloren. “He aquí yo estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis 3:20) no tiene nada que ver con los pecadores y con un Salvador que aguarda (recomiendo leer ‘Pelagianismo en tu cristianismo‘). ¡No! Aquí encontramos el trágico retrato de nuestro Señor a la puerta de su propia Iglesia de Laodicea, tratando de entrar. ¡Como va la Iglesia, así va el mundo! Si los guardas duermen, el enemigo toma la ciudad. Ravenhill muestra su sorpresa ante esta realidad trágica diciendo:

No me maravilla tanto la paciencia del Señor con los corazones endurecidos de los pecadores. Después de todo, ¿no seríamos pacientes con un hombre que fuera sordo o ciego? Y así son los pecadores. Pero lo que me maravilla es la paciencia del Señor con esta Iglesia adormecida, egoísta y perezosa. Una Iglesia pródiga en un mundo pródigo, es el verdadero problema de Dios. ¡Ay de nosotros, creyentes en banca rota, ciegos y jactanciosos! Estamos desnudos (y no lo sabemos). Somos ricos (nunca habían tenido las iglesias mejor equipamiento que ahora), pero somos pobres (¡nunca tuvimos menos unción!). No tenemos necesidad de ninguna cosa (sin embargo, nos falta casi todo lo que tenía la iglesia apostólica).

¿Puede Dios estar “en medio de nosotros”, mientras nos vanagloriamos desvergonzadamente en nuestra desnudez espiritual? ¡Oh, cuanto necesitamos el fuego! ¿Dónde está el poder del Espíritu Santo que conmueve a los pecadores y llena los altares de penitentes? Hoy parecemos estar mucho más interesados en tener iglesias con aire acondicionado que iglesias condicionadas a la oración.

El autor también fue impactado por el ministerio de Juan Wesley y lo cita en una de sus más terribles declaraciones: “Millones van al fuego del infierno porque la Iglesia ha perdido el fuego del Espíritu Santo.” No sólo es impactado por el ministerio de hombres como Wesley, sino también por hombres de la Biblia como Pablo o Juan el Bautista, de quien dice lo siguiente:

Tratar de medir el sol con una cinta métrica a penas sería más difícil que intentar medir a Juan, el Bautista, con nuestros modernos estándares de espiritualidad.

Debemos llevar en nuestros cuerpos las marcas del Señor Jesús, como el apóstol Pablo declaró a los Gálatas. Marcados por la devoción a una tarea, por la humildad, por el sufrimiento, la pasión y el amor. Somos propiedad de Cristo y Él es nuestro dueño.

La tarea debe ser una y es tener hijos espirituales. Así como el embarazo de una mujer requiere tiempo y el dar a luz va precedido por dolores de parto, así es también en el ámbito espiritual de los nuevos nacimientos. Sin lágrimas, dolor y gemidos en oración, no habrá avivamiento en la conversión de nacidos de nuevo.

La humildad es medida por la calificación que hacemos de nosotros mismos. Los apóstoles se describieron como la escoria del mundo (1 Corintios 4:9-13) Cualquier hombre que se llamé así no tiene ambiciones, por tanto no tiene nada de que estar celoso. No tiene reputación, por tanto no tiene de qué defenderse. No tiene posesiones, por tanto no tiene de qué preocuparse. No tiene “derechos”, por tanto no puede sufrir agravios. ¡Bendito estado! Ya está muerto, por tanto nadie puede matarlo.

Una razón más de por qué tarda el avivamiento, según el autor, es porque el evangelismo está altamente comercializado. Esto es una denuncia clara a los predicadores de la prosperidad, los cuales insinúan descaradamente que Dios quiere que seamos ricos.

Los diezmos de las viudas y de los pobres son usados por muchos evangelistas para vivir una vida de lujo. Los pobres incautos piensan que están ofrendando para la obra de Dios, cuando lo que están haciendo es mantener a los predicadores de gran reputación y corazón mezquino que viven al estilo de Hollywood. Predicadores que poseen casas, cabañas junto al lago y un yate en ese lago, así como una importante cuenta bancaria, y todavía suplican que les den más… Extorsionadores e injustos… Predican al Jesús del establo pero ellos viven en hoteles de lujo. Para satisfacer sus propios apetitos, desangran financieramente a sus oyentes en nombre de Aquel que tuvo que pedir un denario para ilustrar su sermón. Se visten con trajes costosos en honor de Aquel que vestía una túnica rústica. Festejan en restaurantes caros en memoria de Aquel que ayunó solo en el desierto… ¡Que espantoso será esto en el día del juicio!

No sólo debemos llevar en nuestros cuerpos las marcas del Señor Jesús sino ser conocidos en el infierno y para ello debemos imitar a uno de los mayores ejemplos, el apóstol Pablo. ¿Te preguntas por qué era conocido en el infierno? Ravenhill responde diciendo que estaba en estrecha comunión con Dios, convencido por la verdad revelada de la Palabra, identificado completamente con Cristo, con una visión aguda de las almas perdidas ante los ojos de un Dios santo y airado con el pecado, con un amor perfecto a Dios y un odio perfecto al pecado, con una clara visión de su meta, un espíritu anclado en la eficacia de la obra redentora de Cristo, convencido de la realidad de los dos posibles destinos de los hombres y seguro del suyo, la presencia del Señor, en quien ha sido conformado a su imagen.

El autor finaliza con un clamor:

¡Dios, dame avivamiento en mi alma, en mi Iglesia, en mi nación o dame la muerte!

¿Te unes a este clamor?

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2 comentarios en “Por qué no llega el avivamiento

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