¿Qué clase de hijo eres tú?

‘Regreso del hijo pródigo’, oleo sobre lienzo realizado por Murillo en 1668.

Uno de los pasajes más conocidos de Jesús de Nazareth, posiblemente, sea la parábola del hijo pródigo o el hijo perdido. Ambos títulos, en negrita, son los que más comúnmente podemos encontrar en nuestras Biblias, pero no se si sabrás que estos no están inspirados por Dios sino que fueron añadidos mucho tiempo después de formarse el canon. Por esa razón muchos se han dado cuenta del desacierto en titular la parábola de esa manera, cuando Jesús comienza diciendo: “Un hombre tenía dos hijos”.

Esto se debe al énfasis que se hace en el hijo menor, porque es el que actúa de manera, digamoslo así, más escandalosa. Le pide al padre su parte de la herencia, que en otras palabras sería como decirle que desearía que estuviera muerto.

Para ceder a la petición, el padre debía vender parte de su propiedad, en cuyo contexto, estaba ligada a su propia vida, desgarrando su ser para conceder al desventurado sus deseos. El hijo sinvergüenza despilfarra la herencia de su padre con prostitutas y termina comiendo con los cerdos. Esto si que es arruinar tu vida y acabar en la más profunda miseria.

Pero, ¿y qué del gran olvidado, el hijo mayor? Permanece en la casa del padre y lo obedece en todo. Es el heredero y el responsable de mantener la unidad familiar, aunque no se preocupa en salir a buscar a su hermano pequeño, y cuando se entera de su regreso y la fiesta de bienvenida que le están celebrando por ‘todo lo alto’, se enfada muchísimo, porque ahora es el padre el que está despilfarrando los bienes de su herencia futura.

Ambos hijos están igual de perdidos, ¿te das cuenta? Ambos quieren las cosas del padre, pero no al padre. Ninguno de los dos tiene una relación con él.

En palabras de Timothy Keller,

Puedes alejarte de Dios a través de la moralidad y la religión como por la inmoralidad y la falta de religión.

Y es que, como él mismo dice, el propósito de la parábola es mostrarnos que todo lo que hemos pensado acerca de como podemos acercarnos a Dios está mal.

El hijo menor ideó un plan para volver a disfrutar de algunos privilegios que contaba en la casa del padre, hacerse un trabajador para ganar el sustento. El plan del hijo mayor era a través de la obediencia a todo lo que el padre le mandaba. Los planes de ambos eran inútiles e incompatibles con los del padre.

Los cristianos con el corazón del hijo menor reconocen que han hecho mal pero creen que por sus acciones pueden ganarse la aprobación de Dios. Los cristianos con el corazón del hijo mayor obedecen para obtener las bendiciones de Dios. La pregunta es: “¿Qué clase de hijo eres tú?” Aquellos que creen en el evangelio de Jesucristo le obedecen porque quieren obtenerlo a él, parecerse a él, amarlo y disfrutar de él.

Necesitas saber tres cosas:

  1. Nunca buscarás a Dios a menos que Él te busque a ti. Necesitamos el amor inicial del Padre.
  2. No solo debes arrepentirte acerca de las cosas que haces mal sino de los motivos por los que haces las cosas bien. Necesitas arrepentirte de tu “bondad” o “justicia propia”. Sólo entonces sabrás que transferiste la confianza en ti mismo a Cristo.
  3. Debes ser conmovido por lo que costó llevarte a casa. La salvación es totalmente gratuita para ti, pero tuvo un costo muy alto para Jesús.

Afortunadamente no tenemos a un fariseo como hermano mayor, sino a uno que no sólo entregó sus vestidos para cubrir tu desnudez y un anillo para restituirte, sino que entregó su propia vida para llevarte de regreso a la casa del Padre, a la relación con el Dios pródigo que nos da su gracia sin medida, que es para lo que fuiste creado.

Este escrito ha sido tomado de las enseñanzas del pastor Keller, compartidas en el siguiente vídeo:

La gracia de Dios no actúa en base a nuestros méritos personales (‘Hazme como uno de tus jornaleros’, ‘tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás’) sino por el puro afecto de su voluntad (‘Este es mi hijo’).

Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo. (Gálatas 4:7) 

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